No me etiquetes más

Suena a Jacques Brel y su Ne me quitez pas pero es sólo una onomatopeya con idéntica voz desde los confines del alma. No-me-e-ti-que-tes-más, que diría un Jacques desencajado, con el rostro rojo de urgencia. Te lo pido por favor (y todos sabemos y por eso se lo enseñamos a los niños, que lo que se pide por favor no puede negarse), concédeme el don de la entropía, déjame ser una amalgama de cualidades no siempre bien engarzadas, pura contradicción, una outsider, si es preciso. Déjame ser lo que sea, sin etiquetas. Se lo digo al prójimo genérico, a quien quiera oírlo. No me digas que tengo que ser solidario y sostenible y de izquierdas en un mismo pack. No me digas que tengo que ser agresiva en los negocios y conciliadora en el hogar. Que si lesbiana, moderna y guerrera, que sí gay extrovertido y escultural. Que estoy mayor si no perreo y me se me de memoria las canciones de Mecano. Que tengo que ir con mi pegatina bien pegada al pechito para poder encajar. Los mayores, pasen a la derecha, ¿quieres un gin-tonic que es bebida para puretas? Yo voy a salvar al planeta del cambio climático subido a mis zapas hechas con 3 botellas salvadas de los océanos

Las etiquetas están a la orden del día. Hay unas cuantas. La de “facha” está en desuso, porque ahora lo que es cualquier es “fascista”. Creo que “multicultural” se ha sustituido ahora por “diversidad” que es una palabra más bonita y auto explicativa que, a menudo, esconde nuestra propia dificultad para aceptar lo que menos se nos parece, a aquel que no se pondría jamás nuestra pegatina.

Hay gente que quiere quitarse las etiquetas y otras que han ido a la imprenta a encargar unas nuevas. Algunas las llevan con orgullo, han tenido que atreverse, ser disidentes. Otros las llevan porque es cool. Hay quienes, incómodos con todo lo que implica las etiquetas de “hombre” o “mujer” se dicen “no binaries” (los hijes a los que se referiría hace unos días una ministra del Gobierno de España) una etiqueta también en cierta forma, para algunes, al parecer, liberadora.

Hay un intento, una conspiración quizás, un interés, en que seamos etiquetas reconocibles con atributos igualmente clasificables, como si lleváramos el código de barras que nos articulara como productos que pasar por la aplicación perversa que mide cuán ultra procesados somos. A la vez tengo la sensación de que las gentes andamos cansados de llevar pegatinas, de pertenecer a grupos, a tribus, a categorías. De pequeña quería ser neutra como el alma, sin edad, sin género, porque cerraba los ojos y mi voz era libre y amorfa y aquello me parecía mágico. Quizás podamos aprender a hacer eso. A ser, sin más, sin etiquetas.

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