Croquetas y rock, la crisis de la postmodernidad

Dicen que el postmodernismo es el arte del pastiche. No es que yo lo prejuicie o lo deteste, que tal vez. O puede que esté harta, simplemente saciada, herida por su sobredosis. Lo más probable. El caso es que tenía que hacer un ejercicio para el taller de escritura de los jueves y me cuesta encontrar historias. Habíamos leído un relato de Woody Allen, desternillante, en que un detective abyecto recibía el encargo de encontrar a Dios e inspirado en él, casi tenía ya un boceto de discusión amorosa postmoderna en mente cuando sucedió Eurovisión. Entonces me vomitó un unicornio en el cerebro y ya no pude continuar con la idea que tenía en ciernes. Eurovision First.

Sí, la postmodernidad se caracteriza por el afán por el pastiche como imitación, como regreso a lo vintage bien para homenajearlo bien mofarse de ello o ambas cosas. 

También suele contener un tufo, incluso una esencia, anti dualista, pluralista hasta la ambigüedad. Algunos filósofos contemporáneos hablan de una verdadera intención por no ser entendidos y un afán oscuro y desordenado (el post modernismo como reacción a un orden moderno, también como etapa en la que la razón ha perdido la erre mayúscula).

Así que pastiche y ambigüedad. Mixtura poliforme de alta y baja cultura. Razón con minúscula. Razones.

En realidad, sofismos que, por definición, no aspiran a contar la vedad, a menudo ni siquiera a conocerla. Bullshitters profesionales o charlatanes sin propósito ético, que hablan por hablar y cuentan por contar, sin que con ello pretendan expresar sus propias opiniones. Eso cuentan algunos críticos.

Con todo eso en la cabeza empiezo a ver la gala frente a una hamburguesa gourmet. Las lecturas y podcasts sobre la post modernidad empiezan a caer sobre la pantalla como piezas de Tetris: los personajes andróginos, la mujer vestida de hombre dentro de una carcasa de muñeca, el hombre vestido cual figura de Jesusito sobre lienzo brocado que tenía mi tía Carmela sobre la cama, un vocalista con alas de Pegaso y cinta de correr que parecía salido de un videoclip de George Michael, roqueros buenorros con pendientes barrocos y monos de venir de trabajar de la fragua, chorbas balcánicas recauchutadas con las melenas movidas por el viento que mezclaban lo neandertal con el glow al más puro estilo JLO, conjuntos musicales de nerds a mitad de camino entre los dibujitos animados de Historias Corrientes (Regular Show) y Ronald McDonald. Había canciones del verano de Azerbaiyán que podían sonar perfectamente en las fiestas de Tarancón. Había hasta quienes parecían parodiar su propia actuación y otros que grotescamente parecían tomarse en serio lo imposible. Todo eso y su contrario es la postmodernidad, especialmente, el sofisma de estar vendiendo esto sin realmente saber por qué. A ver, vendiendo para vender.

Luego llegó el momento del juicio político-musical. Los expertos de los países se decantaron por el representante que iba vestido de Jesusito-de- mi-vida no binario, también por un siniestro dueto folclórico panteísta y una mujer francesa que parecía la versión vitaminada de Jack Brel-Piaff. En casa triunfaba esta última frente al tema del suizo que, en este punto, había sido calificado de “moñada”. España había rascado hasta entonces 6 puntos con una canción melódica plana y llena de falsetes que los medios patrios habían calificado de impecable. Pero la cosa no terminaba ahí, quedaba la valoración de la audiencia.  

Mi marido se puso nervioso con las votaciones. Perplejo como antes la ronda de penaltis. —Que no gane Suiza, que no gane Suiza—suplicaba. —No te preocupes—le dije y le anticipé—va a ganar Ayuso. Me parto. O sea, van a ganar las croquetas frente a la espuma de erizo, va a ganar el rock duro al pastiche indefinido. Va a ganar el algo a la nada. Esa era mi apuesta sociológica que tal vez se autodestruya en 30 segundos.

Puedo celebrar que algo queda de mi intuición paranormal. 

Ganaron los italianos con una actuación que al menos podías reconocer: era rock. Ejecutado por 4 jóvenes colegas encantados de haberse conocido y que venían ganando en gerundio mientras otros venían a intentarlo en subjuntivo condicional. Y además disfrazados.

No voy a hacer de crítica musical, ni siquiera voy a dármelas de filósofa. Me faltan horas de vuelo en ambas materias y apenas si llego a distinguir el formato de la comedia kitsch o el nihilismo.

Sólo se que, de un tiempo a esta parte se nos ha desarrollado dentro un radar para percibir la realidad y separarla de la vacuidad, la post verdad y el sofisma barato.

Habrá sido el “bicho” y el año que llevamos tratando de esquivarlo o el impulso desvelador de la Era de Acuario, pero durante el proceso han ido cayendo caretas y con ellas (estarían sueltas las gomas), la efectividad de las poses (se habrán convertido en muecas) y hasta el comodín de la ciencia sacralizada (desde que la OMS se ha convertido en OMG y en WTF).

“Mierda de filosofía” clamaba Robe Iniesta en su segundo movimiento de Mayéutica, su ópera rock, que me tiene loca:

tener un ideario

 y perder las convicciones,

volver a lo primario,

 que yo sólo quiero verte bailar.

Será que no podemos con una careta más ni otra espuma de erizo sobre un trampantojo de tofu ni otro pastiche de caretas con plumas, lentejuelas y autómatas. Tal vez sólo queramos croquetas y rock (y personas). Hablo por mí, claro. Así que puede ser esta la metáfora de un cambio de paradigma, lo que viene después de lo posmoderno con su cesta de mimbre con comida real e ideas básicas como respirar y bailar, también bailar. Ideas locas de andar por casa como la libertad o la concordia, como las croquetas y el rock, a las que agarrarse como a un clavo ardiendo en medio de un remolino (percepción de la realidad actual), y desde allí, dando un salto, como el héroe del relato de Poe El descenso del Maelström, agarrarse con ganas y determinación a aquellos objetos (ideas y experiencias) que por alguna razón envejecen bien a las crisis y las sobreviven.

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1 comentario en «Croquetas y rock, la crisis de la postmodernidad»

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